Sediento.

Un instante. Silencio. Nada más. Aquello fue su resignación. Tal vez por haber sido tan bueno o por saber, inconscientemente, que no perduraría. ¿Qué se hace con la perdida obvia? ¿Era tan obvia así? No en aquel momento, con aquel silencio. Sólo el sonido apagado de las respiraciones.

Medo. Felicidad. Saltó con fuerza. Más tarde, percibiría que no debería haber ido tan hondo, que algo como aquello no duraría. Todavía, en aquel momento, con aquella felicidad aterradora, no había otra forma de saltar sino con toda la fuerza, con todo el impulso que uno puede lograr. No dudó. Se fue. La perfección. Todo lo que había soñado. Había soñado tanto que se equivocó: pensó que se quedaría allí por mucho tiempo, sumergido en éxtasis. Tuvo que exorcizar el deseo y no se quedó allí más que dos días.

Sería más fácil si hubiese colaboración, pues generalmente esas cosas no dependen de la unidad, sino de la colectividad. “Colectividad”. Esa palabra siempre lo importunara y en ese caso, mucho más. Si pudiera practicar su egoísmo y tener aquél mar para ahogarse, si fuese necesario, se apoderaría del mar. Pero la colectividad… ¡que palabra! Bastaba con que todo fuese a su manera, pero no era posible.

Pensó que ya no podría aguantar, tan fuerte aquello era. El peso del agua era torturante. No lograba librarse de ella. En la realidad, sabía que, en algunos días más, estaría bien, porque era lo que pasaba siempre. Este es un gran problema que enfrentan las personas que no tienen la costumbre de quedarse triste, porque cuándo eso pasa, se ahogan y nadie les salva, pues nunca entienden que aquella persona realmente se esta ahogando. Sin embargo, estas personas siempre están ahí para ayudar a los que tienen la costumbre de ahogarse. Como esperaba, logró salir del mar en solamente dos días.

Quería algo distinto y terminó por encontrar un lago. El agua de un lago es parada, tal vez le serviría mejor. Allí tendría tranquilidad para pensar y no habría la necesidad de enfrentar la violencia del mar.

Lo que él no sabía es que, en el lago, cuándo se pisa en el fondo, hay el riesgo de hundirse en el lodo. Y fue lo que pasó, se ahondó y otra vez se ahogó. Quizá por la experiencia, o no, lo que importa es que logró salir más rápido del lago. Solo, claro. Gritó con mucha rabia. Pero como siempre, nadie lo escuchó.

Corrió, sin rumo. Se deparó con un río. Siempre con aguas nuevas, siempre cambiando. Tenia una corriente débil, agua transparente, piedras en el hondo, no parecía peligroso. Experimentó. Era frío. Se decepcionó, pues no había como mantenerse ahí sin perder el calor del cuerpo.

Sin saber qué hacer, sintió unas gotas calentitas, otras frías… tibias, cayendo del cielo. Llovía. Se dio cuenta de que era aquello que buscaba. Corrió por un largo camino y la lluvia lo acompañaba. Estaba mucho feliz. No se ahogaría en la lluvia. Todavía, sin avisar, ella paró de caer, y él percibió que aunque no se ahogara, estaba mojado y que este era el problema. Nunca habría algo perfecto.

Seco. Decidió que ya no se mojaría. No se dejaría llevar por cualquier agua. Comprendió que ellas le hacían mal, herían indirectamente. Llevó un tiempo para aceptar la situación, pues el agua le daba algo sentimentalmente bueno, pero al fin se conformó. Viviría seco. Como debería ser: seco.

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